jueves, 23 de agosto de 2007

INDICACIONES PARA LA UNIDAD 1

De la lectura del programa surge con claridad que hay dos conceptos centrales en la unidad LA POLITICA y el PODER.

Sugerimos que los alumnos, busquen en Internet un artículo en el cual puedan encontrar las perspectivas de HANNA ARENDT, KARL SCHMIDT, EDGAR MORIN y MICHEL FOUCAULT sobre dichos conceptos.

Los pasos que recomendamos, son los siguientes:

a. Buscar un artículo y previa exploración, seleccionarlo.

b. Leerlo con cuidado y comentarlo.

c. Comparar las distintas posiciones encontradas

d. Pueden publicarlo en el blog, si lo desean.

Además de los autores indicados los alumnos podrán consultar libremente otros.

ANALFABETISMO MEDIATICO

A lo largo del siglo XIX, pero especialmente en la segunda mitad del mismo, la lectura y la escritura aparecen como las herramientas indispensables para hacer de un hombre iletrado un ciudadano. Aquel que adquiría en la escuela las habilidades que lo sacaban del analfabetismo, era casi de inmediato un sujeto capaz de integrarse efectivamente como parte del cuerpo político. En gran medida el maestro en su tarea de alfabetizar no solo se convertía en un instrumento de civilización sino también de ciudadanización

En este contexto el aprendizaje de la lecto escritura es una herramienta indispensable para acceder al primer escalón de la participación ciudadana, el sufragio. Es cierto que en nuestro país a diferencia de los países europeos, el sufragio no estaba legalmente limitado a los analfabetos, pero también es cierto que los mismos se encontraban en mucha mayor disposición de manipulación y exclusión electoral, propios de las practicas fraudulentas y por ello la adquisición del estado de letrado ,le permitía acceder a un mayor nivel de autonomía. Es también en este contexto que se da la asociación entre escuela pública, alfabetización y bibliotecas populares. El libro aparece aquí como instrumento de comunicación e incentivo a la formación de ciudadanía.

La aparición de un nuevo tipo de prensa a comienzos del siglo XX, caracterizada por las tiradas masivas de ediciones diarias o periódicas destinadas a crecientes cantidades de lectores, convertía una vez mas a la lectura como instrumento de participación en los procesos políticos y sociales de la época .La extraordinaria transformación en los medios de comunicación que significo la radio, no alcanzo a desplazar el significado crucial de la lectura para la vinculación del hombre con la sociedad. El gran viraje se produce a partir de la presencia de la T V alrededor de los sesenta y la creciente masividad de este medio que se da a partir de las décadas siguientes. El hombre que ve, el homo videns, en el análisis del politólogo Giovanni Sartori, hijo del video niño, desplaza a la lectura y la escritura del papel mediador que tenía en la llamada galaxia de Gutenberg. El hombre que ve, se contenta con imágenes, cada vez mas atractivas y espectaculares y el hombre que lee, se convierte poco a poco, pero aceleradamente, en una especie en disminución. Ello a su vez impacta en la construcción y formación del ciudadano, pues la política que tiende a ser cada vez más mediática, tiende a colocar a la política en el escenario, antes que en la plaza y a convertir al hombre en espectador desde la platea antes que activo protagonista en la plaza. No es extraño que la escuela perciba a los medios en especial al televisivo como un rival al que se le teme, aunque en secreto se le admira, En este nuevo escenario me parece que de nuevo la lectura puede convertirse y debe convertirse en un instrumento clave. Pero para ello hay que entenderla de una manera distinta. En primer lugar debemos formar un nuevo tipo de lector, más critico, mas audaz y mas imaginativo. Un tipo de lector que tenga capacidad de entender nuevos códigos de comunicación, que los nuevos medios le proponen y que sea capaz de asociar creativamente las posibilidades que dan la imagen, la voz y la palabra escrita .Un lector a su vez que sea capaz de preguntarse frente los textos, y no solamente retener memorísticamente los mismos, un lector que sea capaz de preguntar a los docentes a propósito de lo que los textos le sugieren y un lector que sea capaz de preguntarse a si mismo, que le dicen los mensajes que lee. Este tipo de lector a su vez, requiere una estrategia docente que lo habilite a producir sus propias palabras, cargadas estas de sentido y de interrogación y que sea capaz de expresarse con palabras propias que denotan su capacidad de apropiación de lo que ocurre como un actor significativo y no como un espectador aturdido.

Todo lo antedicho adquiere una especial significación frente al desarrollo creciente del Internet. La red de redes, vuelve a necesitar de los códigos de la lecto escritura para entrar a un mundo fascinante y prometedor. El hombre que ve, hijo de la TV ,ya no basta para dominar las posibilidades que la red le ofrece. Tal vez como en el contexto incial, el reino de la palabra vuelve a adquirir significado, no como opuesto al reino de la imagen, sino como integ5rante de un universo mas amplio, donde la palabra escrita, la palabra dicha y la imagen se entrelazan en una nueva dimensión. Pero aquí hace falta un nuevo tipo de lector, que no solo sea capaz de descifrar este nuevo tipo de código, sino que capaz de insertarse creativamente en el. y es aquí donde la red de redes aparece como un poderoso medio de formación de ciudadanía.,pero también existe al posibilidad de nueva exclusión, la brecha digital se ensancha no solo por lo desigual de la distribución de la red en países y clases sociales ,sino porque la falta de formación adecuada del nuevo tipo de lector que el medio reclama, puede convertirnos en analfabetos mediáticos en lo albores del nuevo siglo.

Y así como los analfabetos del siglo XIX, se veían privados de ciudadanía, estos nuevos analfabetos pueden sufrir la misma privación ,aunque la ilusión mediática los convierta en espectadores pasivos de una telé política, cada vez mas mezcla de espectáculo y negocios

Alfabetización mediática y protagonismo ciudadano, están estrechamente ligados, vale la pena tomar nota de esta relación y obrar en consecuencia..

Prof. Dr. Ricardo del Barco.

Titular de POLITICA y COMUNICACIÓN. U.N.Cba

delbarco@arnet.com.ar

LA MEDIATIZACION DE LA POLÍTICA

Carlos Tutivén Román

Los artículos reunidos en el dossier del número 16 de la revista Íconos titulado “La mediatización de la política”, son trabajos que abordan este fenómeno preocupante y a la vez fascinante: cómo la política, en tanto discurso y praxis de transformación, administración y control social, serio e importante para la realización de los mas altos valores de la modernidad ilustrada, ha devenido lívida, fugaz, poco seria, y a ratos entretenida e irresponsable como las dramaturgias tele novelescas.

De cómo la política no va más en esos términos tradicionales y de cómo recuperar su alicaída aura (gestada desde Aristóteles a Habermas) sin perderse en el océano informal e informativo de los universos mediáticos, responsables, entre otras cosas, de la “a politicidad” reinante, trata el dossier que comentaremos.

Los trabajos pueden dividirse a grosso modo en dos tipos. Los que tratan casos específicosdentro de los marcos nacionales tenemos el artículo de Cañizales (Venezuela), de Gabriela Córdova (Ecuador), Roberto Follari (Argentina) y el de Fabio López De la Roche (Colombia). Y el que aborda la temática de la pospolítica, -tal vez porque hace las veces de introducción al dossier -, que es el de Mauro Cerbino. En estos comentarios procederé a la inversa de este orden, comentando primero los “casos nacionales” que evidencian esta mediatización y particularmente los que me son mas cercanos por sus respectivas interpretaciones, y dejaré para el final aquel de la introducción por ser mas especulativo y general como las conclusiones a las que deseo arribar.

A modo general lo primero que llama mi atención de los trabajos de casos es el “fondo geográfico” en el que se producen: Latinoamérica. Se trata de democracias frágiles y periféricas, que a la vez que sufren las penurias de los modernismos de corte neoliberal, están plenamente globalizadas en términos mediáticos, audiovisuales e informáticos. Son sociedades caracterizadas por una conflictividad variada, - el caso colombiano es el más extremo- , y de un consumismo asfixiante que conjuga con una fragmentación social ajetreada por poderes locales y regionales que hacen difícil la gobernabilidad y la sustentabilidad económica. Es en esta panorámica donde sitúo el fenómeno de la mediatización de la política, no sólo como un ingrediente más de esta “caracterología sociológica”, sino como un dispositivo hegemónico presente en la constitución del imaginario político de estos países.

No creo encontrar diferencias entre los autores del dossier en la apreciación de que la televisión es “el medio y el escenario hegemónico en la construcción de la visibilidad comunicativa masiva”. Al igual que el comunicólogo Jesús Martín Barbero, que no escribe en este dossier pero que traigo a relación como un autor polémico que ha discutido estos mismos fenómenos, se piensa que la televisión se ha vuelto el espacio privilegiado donde las colectividades identifican sus necesidades de representación y legitimación de sus intereses. Pero difieren a la hora de interpretar esta hegemonía. Mientras Follari, por ejemplo, acusa a la televisión de banalizar la política en tanto fija la agenda de lo que se habla en un formato de velocidad impresionista, donde la caducidad es la norma y donde lo interesante prima sobre lo importante, estropeándose, por lo tanto, la calidad del “lo político”, Martín Barbero sostiene, en cambio, que la televisión crea una trama compleja de complicidades y resistencias que no se dejan leer por fuera del fenómeno de la recepción misma del medio, ni apelando al libro o al texto periodístico como antídoto (Follari le
da a la prensa el carácter de construcción de la opinión deliberante).


Para Martín Barbero hay que desprenderse “del mal de ojo de los intelectuales” apocalípticos que no han sabido ver lo que se juega en las “gramáticas audiovisuales”, es decir la emergencia de un nuevo sensorium que a la vez que se fascina por la imagen, paradójicamente recrea nuevos sentidos, destrezas y aprendizajes, propios de las nuevas tecnologías, el cambio de época y de subjetividad. En este punto Follari es mas clásico y conservador.

Prefiere el texto escrito y la escucha pausada que ofrece la radio, al vértigo de las imágenes televisivas, pues confía, como buen filósofo, en la temporalidad del pensar y discutir propio de las lógicas del silogismo y de la argumentación racional.

Pero Follari está hablando de la televisión argentina, de una televisión que ha exacerbado la carnavalización del formato televisivo: “show continuo, ruido interminable, alegría y tragedias forzadas para llamar la atención”, pura forma que se agota en el gesto histriónico (Tinelli es el paradigma) que ha empobrecido la experiencia receptiva en la medida en que solo ve la escenificación de un espectáculo que busca el rating a toda costa.

Follari en su trabajo nos da una respuesta a la pregunta ¿por qué los temas importantes y serios, o que deberían serlo para los ciudadanos, ya no lo son? Tal vez porque el mismo show a cansado al televidente al presentar el accionar político como escándalo, intrigas, corrupción y no como problema social, responsabilidad ciudadana. Porque el televidente sometido a la excitación audiovisual de sus sentidos queda impresionado al mismo tiempo que extenuado al informarse de los sucesos.

El espectáculo televisivo (Requena) se fagocita a sí mismo, dejando un resto del lado del espectador, un resto de ignorancia sobre el mismo proceso de recepción, que no da tiempo para asimilar el sentido o sin sentido de los mensajes, un resto de silencio y hastío, propio de las drogas y de las adicciones evasivas. Pero hay que advertir que esto no es propio de la imagen sino de su uso consumista y su producción excitante.

De cómo los medios generan las imágenes, no para comunicar y comprender, sino para informar y consumir exclusivas, es la pregunta que impone una reflexión teórica a los comunicadores en un mundo que duerme en un paraíso-infierno de audiovisuales en tiempo que justamente necesitan despertar.

La alusión a la trama de la película The Matrix es una sospechosa coincidencia. Fabio López De la Roche trata el problema de cómo comunicar en contextos de conflicto armado, refiriéndose obviamente al caso colombiano. En las observaciones detalladas del conocido investigador sobre la conducta social y profesional de los medios, es la prensa la que trata el conflicto con análisis y perspectivas históricas y estructurales, mientras la televisión resalta más el efectismo espectacular de los “hechos noticiables”, como el bombaso, los secuestros, las masacres.

Según De la Roche, el abordaje televisivo del proceso de negociación -proceso por lo demás complejo-, fue mínimo, probablemente -sostiene- porque esto requería mas capacidad de interpretación, mas tiempo de presencia televisiva en la construcción de esos mensajes, y el tema mismo es menos espectacular e inmediato que las otras noticias, “invisibilizando lo importante” - mas conceptual y meditado-, y “resaltando lo interesante”, cuando lo interesante es sinónimo de curiosidad y atención impresionada, intensa y fugaz, como un shot de tequila.

Si la televisión trata así las realidades de la guerra civil colombiana es porque se halla secuestrada por los imperativos del marketing, el rating y la publicidad, fuerzas económicas, pero también estéticas, que impiden un desarrollo diferente del medio y de su trabajo periodístico. Es muy importante el llamado de atención que nos hace De la Roche sobre la forma en que se crean los hechos noticiables en la televisión colombiana, incluso mas allá del tema de la guerra. Se construyen bajo la lógica y la gramática de la fragmentación, la inconexión entre las partes, y la velocidad, privilegiando los sucesos dramáticos sobre los explicativos y analíticos.

Volvemos a encontrar los mismos ingredientes de la sopa mediática de la político. Imperativos comerciales y de mercado, estéticas y formatos publicitarios, impresionismo sicologísta y espectacularidad informativa, combinados con la velocidad de las ediciones noticiosas, la fragmentación del relato o narrativa audiovisual, la carencia de tiempo para la interpretación, incapacidad, por lo tanto, para el análisis conceptual y el juicio ponderado
y responsable.


Pero a parte de este condicionamiento posmoderno para el trabajo noticioso, De la Roche sostiene que es casi imposible sostener alguna ecuanimidad y equilibrio en el tratamiento noticioso del conflicto armado, en la medida en que ese tratamiento está atravesado de punta a punta por un apasionamiento visceral de la partes generado a través de vivencias traumáticas que el mismo conflicto genera en todos. Por ello, tanto la producción de la información como su recepción social esta mediados por estos sentimientos de antagonismo irridentos, pues los procesos comunicativos, según de la Roche, tiene su base y se alimenta en la cultura política de los actores sociales involucrados (sobre el concepto de cultura política remitirse a Íconos 15).

Esto nos lleva a reflexionar que la comunicación no es posible solamente por la mera buena voluntad de los sujetos, y la accesibilidad tecnológica, sino que los significados y posiciones subjetivas se forjan en una pragmática de significaciones que a su vez anclan en concretas condiciones materiales y culturales que dificultan la confianza necesaria para el entendimiento recíproco, como son la segregación racial, la exclusión social, la violencia simbólica. La argumentación De la Roche nos debe interrogar sobre la relación entre comunicación y contextos de confianza. La comunicación es posible a partir de mínimos de confianza intersubjetiva, mínimos éticos que se levantan sobre la viscosa heterogeneidad de las diferencias sociales, políticas y culturales, y se construyen a partir de indicios y experiencias compartidas sobre el otro. Una comunicación en contextos de alta conflictividad, intolerancias recíprocas y desconfianzas viscerales, no es una comunicación en estrictus sensus, sino un juego de imposturas en lucha por la hegemonía de la razón propia, de la descalificación de la cosmovisión del otro, en definitiva una batalla de voluntades de poder.


¿Cómo se puede dialogar en un clima donde impera sistemáticamente el desfondamiento de esos mínimos de confianza, cuando paralelamente al gesto de dialogar se boicotea su condición de posibilidad: un espacio para entender al otro por fuera de lo que lo afirma negativamente ante uno?


Otro cúmulo de razones que De la Roche esgrime para explicarse el fracaso de las negociaciones son del orden de las posiciones subjetivas.


El esquematismo mental e ideológico, como la falta de una visión compleja y flexible de la sociedad colombiana, entre otras falencias de la guerrilla, son las que minaron e imposibilitaron la creación de un clima de confianza suficiente para el diálogo, el entendimiento mutuo, y el acuerdo sensato.

Hay que desprenderse "del mal de ojo de los intelectuales" apocalípticos que no han sabido justipreciar las "gramáticas audiovisuales": la emergencia de un nuevo sensorium que fascina por la imagen y recrea nuevos sentidos, destrezas y aprendizajes, propios de las nuevas tecnologías, el cambio de época y de subjetividad.


Fue así – nos dice- como la regidez y tozudez de la guerrilla, acompañadas de verdaderos actos criminales, ahondaron en las elites y en la opinión pública de amplio sectores sociales, un sentimiento de rechazo total, y de escepticismo social frente al esfuerzo del diálogo, y afirmó, en cambio, la imagen convencida que este problema que viene desangrando a Colombia por décadas, sólo se curaría con la “mano dura”, a favor del orden y la autoridad.


Sabemos que la violencia y la agresividad encuentran su mejor caldo de cultivo en las experiencias de impotencia y angustias alimentados a su vez por desentendimientos, oscuridades, y ofuscaciones. La agresividad hacia el otro se ampara históricamente en dos condiciones psíquicas; no querer saber nada de él y así poderlo estigmatizar para mejor poderlo exterminar, y dos, sabiendo del otro dogmáticamente, destruirlo por que ese saber no calza con lo que yo imagino debe ser un ser humano.


Se apela y se demanda “la mano dura”, el autoritarismo despiadado, cuando una sociedad está perdiendo su capacidad de entendimiento de las diferencias socioculturales que la antagonizan estructuralmente, cuando la reflexividad sobre sus posibles tratamientos simbólicos, es decir, comunicacionales, seden al mero “informacionismo mediático”.

El aparente callejón sin salida al que a llegado Colombia, se debe al extremismo de estas posiciones, donde no gana, por supuesto, ni la democracia, ni la plena resolución del problema, pues a parte de que es complejo y amalgamado el fenómeno guerrillero, lo que se consigue es la indiscriminación ciega y bruta a todo matiz, y sutileza que se le oponga críticamente. Matices y sutilezas necesarias para destrabar los bloqueos y las desconfianzas.


Los periodistas y comunicadores sociales, como intelectuales y académicos quedan por lo menos disminuidos e imposibilitados de trabajar a favor de la verdad, de la crítica, de la investigación sobre las instituciones, las prácticas y los actores que hacen o deshacen la democracia.

Así la sociedad no puede auto reflexionar, auto criticarse, discutir su destino por vías diferentes a la muerte y a la destrucción. No sorprende por lo tanto el escepticismo de Fabio López De la Roche sobre este conflicto, avizorando un desenlace inhumano.

LA MEDIATIZACION DE LA POLÍTICA

La mediatización de la política como pospolítica

El artículo de Mauro Cerbino se ocupa de la pospolítica, entendida según se colige de su texto, como una situación de pérdida o sustitución de la forma tradicional del quehacer político por otra forma sostenida en la imagen y valoraciones ligadas al hombre de éxito, al ready made que se ha impuesto como modelo desde los años ochenta con el triunfo del capitalismo financiero con la “era reaganiana”.

El político empresario, que no solo se contenta con ser un triunfador, sino y sobre todo de parecerlo. Pospolítica que coincide en la sociedad de los medios de comunicación con el debilitamiento y eclipse de la esfera pública entendida como “espacio de negociación de intereses sociales contrapuestos”.

La pospolítica también implica la conducta electoral de entreguismo clientelar y fascinación por el marketing político del electorado que condiciona la voluntad política a un proceso identificatorio con el candidato, similar a como se identifica un consumidor a una marca o producto. Voluntarismo fascinado por la imagen de una mercancía publicitaria – el candidato – que se rinde al inmediatismo de la oferta prescindiendo de la pertinencia
de los mensajes, y la factibilidad de los planes y programas.

Hay que entablar relaciones intersubjetivas, institucionales y políticas con los medios y sus productos. Abrir espacios para la palabra propia en los espacios mediales significa afrontar la responsabilidad de que vivimos un mundo complejo e interconectado telemáticamente, multiperspectivista y heterogéneo.


Cerbino critica – no sin cierto talante nostálgico – la pérdida o debilitamiento del modelo ilustrado del quehacer político, remplazado por otro más emocional e imaginarizado.

Contra el lugar común, el autor no responsabiliza a los medios de este estado de cosas, sino a la política misma de prestarse a los medios para ser espectacularizada. Es debido a la debilidad intrínseca de la política, de convencer y conmover a las mayorías, para luego construir un consenso, - ya mediático -, entre ciudadanos y políticos basándose en la naturaleza personalista y sentimental, desvinculada de los sistemas de ideas y valores contractuales. Ante la ausencia de alternativas de comunicación de los políticos con los ciudadanos, y la pérdida de profundización ideológica sufrida por la política, ésta busca veddetizarse en los medios para seguir estando presente en el imaginario colectivo. En esta situación de pobreza y poca raigambre popular de la política, esta apela al star system para el recambio de la oferta electoral y a los sondeos de opinión para legitimarse en la opinión pública. Así, concluye el autor, la egocracia de la pospolítica se da la mano con la videocracia de la sociedad de la información.


Resumido su planteamiento introductoria de una mediatización de la política por vía deuna debilidad intrínseca la política misma, resumiré esquemáticamente algunos puntos que hacen de comentario y en algunos de contrapunto.

1. Cerbino piensa la política como un diálogo entre ciudadanos y políticos, diálogo que se valora por el grado de racionalidad contractual que posee, el mismo que permite juzgar y discernir cumplimientos, bases programáticas e ideológicas. Pero sabemos que este diálogo modelo, de origen ilustrado, no se da tan racionalmente, ni en términos exclusivamente contractuales, si alguna vez lo fue. Hoy la (pos) política se conjuga con agenciamientos políticos no necesariamente ciudadanos en el sentido clásico.


2. Si la política se ha empobrecido y deslegitimado a los ojos de los electores, es por razones inscritas al movimiento mismo de radicalización de la modernidad, donde las utopías, los sistemas de representación y el control de los poderes estatales, sindicales y partidistas son desenmascarados como pretensiones de poder sin más, en alianzas al dinero y el control de intereses corporativos. En esta situación, si la política no ha encontrado otros medios de comunicarse, es porque la vía de comunicación social de la modernidad la encarnan precisamente los medios masivos con espectacularización incluida.

3. Cerbino concibe a la política como el campo o escenario de confrontación de intereses y grupos distintos que luchan por establecer niveles de legitimidad y consenso para la toma de decisiones de alcance colectivo. Es decir, como un campo de fuerzas en conflictividad o antagonismo permanente por la hegemonía de la significación que debe establecerse colectivamente. Se puede argumentar que ese mismo terreno de fuerzas se da hoy no por
fuera, sino por dentro de los medios, o mejor dicho al interior de la videoesfera, y no sólo exclusivamente en el terreno de lo puramente político. Este planteamiento sigue prisionero de la división en esferas propias de la primera modernidad (Weber) y no considera que en la segunda modernidad tales esferas se han permeado o han dado lugar a una nueva topología, menos geométrica y mas rizomatica (nudos, hologramas, etc).


4. Diferenciar mediación (uso de la palabra y la argumentación para dar forma a una idea política) de mediatización (función que ejercen los medios) para proponer un trabajo de veeduría crítica a los medios y sus productos y procesos, es un planteamiento saludable. No pensar la política como totalmente mediatizada sino con alternativas
racionales y argumentativas, que reinstauren su ámbito y discurso propios. También nos dice Cerbino que la mediatización sería también válida para los medios mismos, en la medida en que al introducir la reflexividad crítica en sus productos, y operaciones, pueden alejarse del inmediatismo fatuo y comercial, y estimular las condiciones para el ejercicio de lo polémico propio del antagonismo democrático bien entendido. Mi inquietud se dirige en cambio al exclusivismo de la propuesta – de corte habermasiana- que no considera otras intervenciones críticas, no limitadas a la palabra, y que incluso puedan usar la imagen – como el cine y el video – para despertar otras sensibilidades con otros recursos. El arte y los recursos estéticos pueden muy bien ser veedurías de otra naturaleza sobre el comportamiento ciudadano de los medios.

5. Ejemplo de esto podría ser la Internet. No sólo sería una alternativa a los medios tradicionales por ser hipertexto, como bien lo afirma Mauro Cerbino, sino por el acceso directo a las fuentes, la representación directa y no derivada, que pueda relativizar la representación medial. La Internet se está configurando como el nuevo espacio
público, que no es esférico, ni representacional, ni dualista, sino rizomático y de multitudes.

6. Cerbino plantea la necesidad impostergable de crear un tercer polo (políticos, periodistas, veedores) o quinto poder (ejecutivo, legislativo, judicial, periodístico, ciudadanos alfabetizados en medios) que sea capaz de una vigilancia crítica que demande calidad y rendición de cuanta a los medios de comunicación, con una incidencia notable en la agenda de los medios. Una agenda que deje de crear un impresionismo político fascinado, sensacionalista e inmediatista y pase a ser generador de una política participada compleja y reflexiva.

Esto obligaría a los sujetos a relativizar ser meros consumidores de medios a ser ciudadanos mediáticos que intervienen en los mismos procesos de producción mediática.


Consecuencia inmediata: no se puede evadir la responsabilidad de entablar relaciones intersubjetivas, institucionales y políticas con los medios y sus productos. Abrir espacios para la palabra propia en los mismos espacios mediales, y no por fuera, en esferas acrisoladas e impolutas de alguna crítica trascendental, allende a la misma mediatización visual, significa afrontar la responsabilidad de que vivimos un mundo complejo e interconectado telemáticamente, multiperspectivista y heterogéneo.


Lo cual implica el reconocimiento de nuevos actores, que siendo algunos abrumadoramente mediáticos como los jóvenes, sin embargo son portadores de nuevas formas de politicidad emergente, que no se expresan del todo en el campo exclusivo de lo simbólico, ni están completamente imaginarizados.

miércoles, 22 de agosto de 2007

Campañas, encuestas y debates: ¿Es el ciudadano, hoy en día, libre elector?

"En las campañas políticas los protagonistas no son los candidatos ni los ciudadanos; los verdaderos estelares son la promesa y el adjetivo; la primera como parte de la estrategia y el segundo como defecto o carencia del adversario" (Antonio Alanís Huerta, abril de 2006).

1. Preámbulo.

En este año de 2006, en México se elegirá Presidente de la República y se renovarán las Cámaras de Senadores y de Diputados. Así está establecido en nuestras leyes, códigos y normas en el marco de la democracia que estamos construyendo.

Antaño, los mexicanos sabíamos bien quién sería el siguiente Presidente de México, cuando existía un partido hegemónico y los hombres del poder ejercían un control cuasiabsoluto de la disciplina partidaria, de los méritos institucionales y de las disidencias. Pero hoy, los procesos electorales están matizados por la incertidumbre; y, paradójicamente, hoy tenemos certezas y certidumbres procedimentales contra la vaguedad de las leyes electorales de otros tiempos; por lo que puedo afirmar que a mayor incertidumbre procedimental, existe mayor certeza de ganadores y viceversa.

2. Definiciones conceptuales: campañas y encuestas

El concepto de campaña se desprende de campo, de batalla, de lucha, de combate y de debate; se trata pues de una pelea por lograr convencer (vencer) al comprador potencial de lo que queremos venderle; es, de hecho, un forcejeo de ideas y de costos con el contrincante que también desea el "sí" del supuesto comprador. Y siendo una campaña también una batalla, ésta se enfrenta con estrategia y con recursos; y hablo de estrategia porque las campañas, todas, se desarrollan en medio del conflicto; no hay remansos de paz en una campaña; por tanto, no podríamos pensar en realizar un programa, pues este requiere de estabilidad. Una campaña es incierta, por lo que el margen de certidumbre se lo puede dar la estrategia y no el programa.

El tema de las campañas es la preocupación principal de los equipos de trabajo que tienen como compromiso, meta o problema, lanzar y posicionar en el mercado, un concepto sobre un producto que se pretende apoderar del gusto del público consumidor. Así que es necesario pensar en el concepto, en la imagen y en el proceso; pero, principalmente en la configuración de la decisión del sujeto consumidor para adquirir el producto en cuestión.

También es muy importante considerar, entre los factores estratégicos de la campaña, al contexto donde se sitúa el sujeto que nos interesa; ese sujeto a quien queremos venderle nuestro producto. Y este contexto tiene ya un tiempo considerable moviéndose; configurándose y transformándose. Es un contexto donde se libran diversas batallas (campañas) en variados frentes; en suma, se trata de un contexto que es escenario de grandes competencias; es pues, un mercado competido donde existen muchas marcas, que se le ofrecen al atribulado y estelar sujeto, como las mejores en su ramo. Y ahí donde hay competencia, puede haber competitividad y entonces, podremos ser testigos de grandes batallas; de enfrentamientos, donde algunos de los contendientes salen lastimados, lamentablemente.

Ahora bien, se pueden concebir y desarrollar campañas para "casi todo" y en esta cobertura cabe el concepto de campaña política. La cual requiere de un producto a vender; de un concepto a posicionar y de una imagen a construir; y también habrá de considerar al sujeto, comprador potencial del producto que tratamos de venderle.

Ese sujeto, en la campaña política es el elector; es el ciudadano que tiene el poder de decidir; es decir, de decidir el término de la batalla; por lo tanto, este sujeto, ciudadano elector, forma parte de la estrategia. Quizás no formará parte del programa en tiempos de posguerra o de paz; pero sí es una actor, con frecuencia, involuntario, de las campañas políticas por el poder; "lo agarran en medio" de la batalla pues, lo lastiman, lo insultan, lo patean y desafortunadamente, a veces, forma parte de la estadística de "bajas".

Respecto de la encuesta, quiero señalar que se trata de una técnica de investigación científica que se aplica en la búsqueda de información sobre los procesos físicos y sociales; y también se utiliza con gran éxito comercial y político en la mercadotecnia y en los sondeos de opinión.

En el ámbito político, su utilización está regulada por el Código Federal de Instituciones y Procedimientos Electorales (COFIPE), así como en algunas otras leyes de competencia estatal; no obstante, también es cierto que las empresas encuestadoras realizan este tipo de investigaciones sociales, contratadas por los organismos interesados en conocer cómo son vistos por los ciudadanos en un momento dado; y así, la encuesta de opinión le ofrece al cliente la posibilidad de contar con una fotografía (foto fija) del momento y del lugar (cuando y donde) se realiza este ejercicio metodológico. Y sólo es eso; una toma muestra del estado de cosas del proceso que se está investigando.

3. Encuestas y decisiones: ética y profesionalismo

Para un ciudadano que razona su voto, su propósito no es regodearse con la victoria; no es derrochar emoción, adrenalina y entusiasmo en el festejo del triunfo; para este ciudadano, lo primero es votar con conciencia, con certeza y convicción independiente; y luego, si una elección gana su impulso elector se convierte en compromiso; en exigencia de actuación ética y profesional de los gobernantes elegidos; y exigirá rendición de cuentas en el uso y administración de los recursos públicos; pero principalmente exigirá respeto por la vida, por la libertad de expresión y por el futuro de nuestros hijos.

Pero este tipo de ciudadano, al que hago referencia, no importa tanto en una campaña política; importa el ciudadano que ofrece votar por el producto (candidato) que se le presenta; pues no hay que olvidar que las encuestas plantean escenarios condicionales y disyuntivos al elector potencial; y con base en los resultados de estas mediciones, disyuntivas y condicionales supuestas, se concluye la tendencia electiva. Entonces, las preguntas se plantean en términos de "si hoy fueran las elecciones, ¿Por qué partido y/o candidato votarías" O bien, francamente, cuando se pretende sesgar de inicio una encuesta, se plantean opciones como: "El candidato o el partido equis forma parte del grupo que ha endeudado al país, o que ha cometido los errores y abusos" etc... ¿Estarías dispuesto a seguir contribuyendo con ellos para que tu país siga en las condiciones en que se encuentra? Y, obviamente, el ciudadano dice No. Así que, la ética y la manipulación en las encuestas, están tan próximas como sea la calidad moral de la encuestadora; y si bien, no afirmo que la línea entre ética y manipulación (sesgo) en las encuestas de opinión, sea muy delgada, sí puedo decir que su cercanía guarda una relación directamente proporcional con la fortaleza científica y metodológica de los responsables de la encuestadora; y que, además, se reafirma con su trayectoria curricular profesional.

Por otra parte, con frecuencia escuchamos decir que "el que paga manda", y en algunos casos es cierto; pero este adagio no es válido para todo; es decir, si se contrata a una empresa encuestadora, se asume que en el contrato del servicio, la ética y el profesionalismo no se venden ni se negocian; en todo caso, el cliente puede optar por publicar encuestas que le favorezcan; y aquellas donde ?no gane?, decidirá no publicarlas; y ese es su derecho. Pero, mandar a hacer encuestas "para ganar a toda costa", no es ético ni profesional de parte de clientes ni de los prestadores de servicios. Pues lo que estaría en juego sería la credibilidad de ambos.

También es importante tener presente que nadie puede ser tan tonto como para publicar una encuesta, que ha mandado a hacer, y donde sale perdedor; este es un principio que en política se cumple al pie de la letra. En cambio, si sale ganador, lo hará notar por todos los medios y habrá de esperar, sin sorprenderse, que sus adversarios políticos tratarán de minimizar dichos resultados; y ese es el juego de la política basada en encuestas de opinión sobre preferencias o popularidad. Pero no hay que olvidar que los equipos de trabajo que son eficaces para montar campañas políticas exitosas, no siempre resultan efectivos para desarrollar, profesional y eficazmente, programas y funciones de gobierno.

4. Sobre el voto razonado: pensar y decidir

El voto es la expresión de la voz del que elige algo que le interesa; es al fin de cuentas su elección. En el ámbito político encontramos una gran cantidad de adjetivos que se asocian al voto; expresiones que son reconocidas por los que forman parte de las élites políticas o por los que, por su ocupación profesional o laborar, están en contacto con ellas. Veamos algunos ejemplos del voto adjetivado: voto militante (voto duro), voto razonado (del ciudadano), voto indeciso (por el que van los candidatos), voto joven (todos lo quieren estrenar), voto migrante (frecuentemente de oposición), voto del miedo (el de la opresión y la ignorancia), voto agradecido (el de los servicios y apoyos sociales) y el voto comprado (habla por sí solo). Y sin embargo, todos estos votos suman y se mezclan en las urnas; y ahí pierden color e identidades. Y sólo vuelven a tomar color y forma cuando se contabilizan y conforman la geografía electoral; o bien cuando el elegido es interpelado por el ciudadano que le reclama el valor de su voto; cumpliendo sus promesas, las de campaña (de partido) y las personales (con los sujetos). No obstante, respetando las decisiones de cada ciudadano sobre el destino que le dio a su voto, como Consejero Electoral, me interesa hablar sobre el voto razonado.

Esta mirada alterna que pretendo, quizá un poco distinta a otras sobre el concepto de campaña política, me permite desarrollar enseguida lo que yo denomino el proceso de configuración de la decisión del voto ciudadano. Y en efecto, se trata de un proceso sensible, con matices de volatilidad, que a medida en que se va configurando, la decisión toma forma y color. Y me refiero a ese voto auténtico; no al cautivo e incondicional; no, estoy haciendo referencia al voto razonado; al voto de a de veras; ese que puede cambiar el rumbo y la historia de los pueblos.

Pero ese voto pensado, razonado, pasará seguramente por procesos de incertidumbre y de indecisión; pero al final de cuentas se configurará en una sola dirección: la ranura de la urna que corresponda a la elección de que se trate y habiendo señalado al logotipo del candidato electo; o más aún, habiéndolo invalidado.

Así pues, un voto razonado no es jamás un voto predeterminado; no es un voto del montón; no es un voto duro de partido; es un voto ciudadanizado; el de un ciudadano que sabe del valor de su voto; y probablemente es un voto influenciado por la campaña política; por la encuesta de opinión y por el discurso del personaje político; y seguramente coincidirá con los votos de una candidato ganador; o probablemente no. Pero seguramente ha sido un voto que tomó forma lentamente y que probablemente se configuró como decisión sólo hasta el día de la jornada electoral, al entrar con la "crayola en la mano" para cruzar el logotipo elegido. Y seguramente, el voto de este ciudadano, el del voto pensado, no cae en la sentencia de Wiston Churchill que rezaba así: "Ahí donde muchos piensan lo mismo, alguien no está pensando"

Bajo esta sentencia lapidaria, se estaría dando por hecho que las masas, los "acarreados", los no pensantes, paradójicamente son los que suman votos; entonces, los votos razonados, bien pensados, pragmáticamente decididos, tienen un destino seguro pero la victoria incierta. Y aquí, quiero decir que el votante que razona su voto no busca necesariamente el festejo del triunfo en la calle o en la entrevista eufórica; pero no, ese ciudadano que decide, pensando bien su voto, busca únicamente que los elegidos sean honestos y coherentes; porque ha votado por principios, por personajes y promesas de equidad, de justicia y de respeto a la humanidad.

Campañas, encuestas y debates: ¿Es el ciudadano, hoy en día, libre elector?

5. Campañas y debates: lenguajes, mensajes y moralidad ciudadana

El lenguaje es el medio de comunicación más importante del que disponemos los seres humanos. Así, el lenguaje nos identifica y nos permite tender puentes entre nuestras ideas y los interlocutores; y estas ideas son la esencia de la comunicación.

El lenguaje de nuestra comunicación es verbal, corporal y escrito; y más aún en estos tres tipos campea el lenguaje no verbal, el no dicho, pero tan efectivo como que puede develar realmente nuestras intenciones. Hablamos pues, de un metalenguaje que penetra en la moral pública; la colectiva y la individual de los sujetos. Y es este tipo de lenguaje, el no explícito, el que empuja las ideas principales en las campañas que venden un producto (el candidato o el gobernante); y es tan delicado, sensible y celoso que cuando se sale de control por causa de un manejo torpe (maladroit) resulta difícil reencauzarlo pronto porque en su descarrilamiento puede chocar con los pilares de la moral pública y entonces, es rechazado con efectos de boomerang hacia su punto de origen. Por lo tanto, siempre es recomendable tener visiones objetivas, evaluadoras, cuasifiscalizadoras, de los efectos sociales y culturales de los mensajes enviados al interlocutor; calculando impactos positivos y negativos de las expresiones verbales y escritas; corrigiendo, de inmediato, tendencias negativas probables, en un escenario posiblemente desfavorable. Así que, no basta saber de política y de cultura de partidos o de mercadotecnia para dirigir y controlar una campaña política; se requiere, además, de saberes sobre las masas, el inconsciente colectivo, la historia de los pueblos, y de investigación y planificación prospectiva.

Por lo que, el director de campaña ha de ser un sujeto observador analítico, inteligente y sensible para captar los límites de la moral pública y las coyunturas que admiten empujar fuerte, hablar firme y convencer al elector para que elija el producto (candidato); para que dé el ansiado "sí".

6. Combates y debates: imágenes e ideas

En el marco del diseño de una política institucional o más específicamente, en el de una campaña política, el debate es una estrategia aparte; es decir, se hace uso de él o no en función de su utilidad, porque necesariamente se trata de una confrontación, en vivo, de dos o más sujetos que defienden ideas, que aunque distintas, suelen tener la misma meta: venderle el producto que ponderan y defienden, a ese comprador potencial, imaginario, llamado ciudadano.

Un debate político, anunciado por todos los medios posibles, genera en el elector diversas imágenes; la primera, situando al debatiente esgrimiendo sesudos argumentos que le espeta en su cara al oponente; y éste, como buen interlocutor, piensa rápido y revira tremendos conceptos que intentan derrumbar al oponente de ocasión; se trata pues de un combate entre el "campeón" y el retador (challenger); o simplemente de un leve intercambio de golpes entre el primero y sus sparrings, como entrenándose para la gran batalla, que se reserva para el mítico séptimo round o para la decisión del décimo asalto. Y según sea la estrategia del campeón y su equipo de asesores (manager incluido) le apostará a poner knock-out en el séptimo al retador principal o llevarlo hasta la decisión final de los jueces (los ciudadanos que votan el día de la jornada electoral).

¡Ah!, pero todo campeón que se respete, es soberbio y solo le dará oportunidad de pelear la final con él, al que haya vencido a los otros aspirantes, durante el largo y desgastante proceso eliminatorio. Y el campeón, que lo es de verdad, sabe que así son las reglas del juego; y no ignora que quizás ese challenger que disputará la final con él, viene mejor entrenado, con mentalidad ganadora, curtido ya por los golpes y con el orgullo bien puesto, pues ha dejado en el camino a otros aspirantes; así que el campeón puede perder y el retador tiene todo por ganar, porque toda su presión se ha venido dosificando y desvaneciendo en el camino hacia el debate final. En tales circunstancias, el campeón avizora (o debe vislumbrar) en su horizonte, un escenario de derrota; pero más allá del dolor físico que le pueda causar este hecho, le dolerá más su orgullo mancillado, pisoteado por ese retador surgido del montón, surgido de otro barrio, menos bravo que el suyo.

7. Imágenes y símbolos: presencias y ausencias

Los símbolos forman parte del inconsciente colectivo; forman parte de la cultura de los pueblos. El símbolo, es una representación mental, virtual, que los sujetos poseen como parte de su propio ser. Así, por ejemplo, encontramos más o menos presentes, en la mayoría de los sujetos de un grupo social y cultural, el símbolo de la madre protectora y amorosa; el de la patria que nos da un lugar en el mundo y en la historia, una tierra y una casa; el de Dios, que recoge nuestras aspiraciones de creer en algo y de salvarnos; el de la familia como la célula integradora más importante de la sociedad; el de el matrimonio como la convención que asegura la procreación y desarrollo de una familia; y por supuesto el de el padre como representativo de autoridad y de poder.

En el mismo sentido, encontramos imágenes asociadas a símbolos, tales como: la del presidente o gobernante que representa la seguridad social, el poder y la justicia; y por supuesto, tenemos también la imagen del candidato, del diputado, del presidente municipal, del maestro rural, del cura del pueblo, del valentón, del borrachín, del loco, del poeta y del músico, entre muchas otras. Sin embargo, la esencia del símbolo, rodeado de imágenes, consiste en generar, con su presencia o ausencia, información y mensajes paradójicos; como el del púlpito en un templo, que aún estando vacío, al verle así, nuestra estructura mental y memoria histórica nos lo dibujan y representan con todo y cura predicando; y lo mismo sucede con una plaza de toros vacía o con un cuadrilátero en medio de una arena de box o de lucha libre; siempre, nuestra estructura mental, reconstruirá imágenes asociadas con su complemento: los toros, los toreros o los gladiadores, como sea el caso. Y así mismo se construyen imágenes asociadas (cuasiconvicciones) a símbolos como el de inspector, policía, cacique o periodista; lo cual se ilustra con gran finura e inteligencia en películas formidables como Caltzontzin Inspector, de Alfonso Arau; o La Ley de Herodes, de Luís Estrada, magistralmente actuada por el michoacano Damián Alcázar, donde los símbolos mencionados arriba aparecen en nuestra estructura mental; surgen de su propia ausencia y de su implicitud.

Existen dos símbolos, que en cuestión de política son muy importantes: la banda y la silla presidencial; pero más lo es la silla, a la que, quien la deja, añora volver a ella; y quien la desea, añora verse sentado allí. Por lo tanto, una silla vacía, como única imagen simbólica, habla de ausencia en primer término, pero también genera imágenes mentales de presencia; de una presencia deseada, fervientemente añorada. Así pues, una silla vacía donde hay otras sillas (con sus personajes sentados dentro), es altamente notoria; genera especulaciones, imágenes y cuestionamientos; ¿Por qué está vacía la silla? ¿Está así, acaso, por que su ocupante no quiere estar ahí o por que no lo invitaron a sentarse? O quizá porque, jugando con el símbolo, pretendemos no estar, precisamente, para estar; o quizá porque no queriendo asistir, no queremos estar como mudos espectadores en los diálogos sociales, por falta de pericia; en las contiendas políticas o en el intercambio de ideas o de propuestas. Si es cuestión de estrategia, lo valgo; pero si no es así, recomendaría revisar los símbolos, los mensajes, los lenguajes y las imágenes que pretendemos enviarle al ciudadano, para lograr lo que verdaderamente pretendemos de él; que adquiera nuestro producto; que nos dé el "sí".

8. Mitos y cortejos: del elector y el elegido

Cada candidato en campaña elige conceptos básicos y un lenguaje para comunicarse con la ciudadanía, como ya lo señalamos arriba; un lenguaje corporal, verbal o escrito; e inicia generalmente de dos maneras; o informando sobre sus adversarios o atacándolos; ofreciéndose como víctima o como victimario; como redentor de causas sociales o como inquisidor de los actuales gobernantes; e incluso, vendiendo su mejor imagen: su sonrisa, su honestidad, su carácter conciliador o su experiencia. Y no debemos olvidar que en toda campaña (comercial o política) se da un proceso de conquista y de cortejo. Así, el vendedor o el candidato cortejan al ciudadano para "arrancarle el sí" de su voto (su producto); pero a diferencia del vendedor y del comprador, a quienes les importa un "sí" lo más pronto posible, al candidato solo le importa el "sí" de la jornada electoral; el candidato, paradójicamente a su propensión, no vive ni se conforma de promesas; pues para prometer bien y bonito él se pinta sólo.

Al candidato lo que verdaderamente le importa es la certeza del "sí en tiempo y forma" el día de la jornada electoral y cruzando el logotipo de su partido. Ni otro tiempo, ni otra forma valen; por eso es que todo candidato quiere asegurar el voto del ciudadano "desde antes"; pero eso hoy es prácticamente imposible. Así que un primer mito consiste en suponer que la elección se gana en las encuestas y en los debates; Y no es así, se gana el día de la jornada electoral.

Un segundo mito, bastante arraigado en nuestra cultura política y en cuya trampa caen frecuentemente los políticos, consiste en equiparar popularidad con eficacia y profesionalismo para ser un buen gobernante; y no es así, pues no basta ser popular, una buena persona o un buen orador para conducir un gobierno; pues a la hora de enfrentar y resolver los problemas de los ciudadanos, de todos los orígenes e ideologías, se requieren competencias profesionales, oficio político y disciplina organizativa. De hecho, cuando se trata de elegir, el razonamiento del voto de los ciudadanos rompe metodológicamente este mito, pues no siempre el más popular gana; máxime cuando se trata de popularidades negativas o mesiánicas; gana quien obtuvo la mayor cantidad de votos, así sea uno sólo la diferencia.

Al final de cuentas, gana el candidato que logró mover la sensibilidad y la confianza del elector; pues el ciudadano no solo elige poder; elige emancipación, justicia, moralidad, esperanza, seguridad, progreso, honestidad y congruencia, entre muchos otros valores; y si bien no todos se conjugan en la personalidad de un candidato, el "ciudadano de a pie", no el militante, busca en la imagen, en la expresión y en la postura del candidato, los atributos para confiarle su voz (su voto). Y siendo el elector, un ciudadano harto e insatisfecho con los gobernantes de su referencia política, es altamente probable que no le dé su voto a un candidato de esa marca electoral; y peor aún, siendo el elector un ciudadano decepcionado de los gobernantes que ha elegido, de diversos partidos, en otras elecciones, su intención de votar tiende a inhibirse; tiende al abstencionismo y a refugiarse en el ostracismo electoral.

Dr. Antonio Alanís Huerta

Las encuestas en el centro del debate

NOTA DE OPINION ESCRITA POR: Daniel Zovatto y Manuel Mora y Araujo
PARA LA VOZ DEL INTERIOR DEL DIA MIERCOLES 12 DE JULIO DE 2006

Diversas son las razones por las cuales las encuestas de opinión están cada vez más en el centro del debate. Tras alcanzar un gran protagonismo como fuente de información mediática sobre las preferencias del público, en la percepción de la mayoría se han vuelto no sólo imprescindibles sino también poderosas. No obstante, les alcanza la desconfianza generalizada hacia todo aquello que llega a tener notoriedad pública y la incomodidad de ser testigo implacable de toda tendencia social; desconfianza que invade las encuestas en ambos planos. Por un lado, se las supone al servicio de intereses políticos; por otro, su veracidad está crecientemente en tela de juicio. Periodistas, dirigentes especialistas en las ciencias sociales y, desde luego, muchos ciudadanos comunes, expresan dudas sobre el método de la encuesta por muestreo.

Es frecuente que se juzgue a las encuestas por los pronósticos electorales y, cuando éstos fallan, todos los argumentos en contra encuentran su ratificación. Entonces, si el método es imperfecto, ¿por qué confiar en ellas? Y si no lo es, ¿por qué fallan?, ¿será porque podría pensarse que son tendenciosas y parciales? Los profesionales en encuestas a menudo contraargumentamos, pero el debate no termina por zanjarse. Algunos problemas prácticos, específicos, complican aún más las cosas. Conviene repasar esos argumentos y apreciar cuál es el cuadro de la situación actual.

El estado del debate actual

El método de la encuesta por muestreo no está realmente en discusión, se sostiene en la teoría de la probabilidad, la teoría estadística y la de medición de actitudes. La técnica utilizada para aplicar este método en cada caso muchas veces sufre, efectivamente, algunos problemas. Puede ser que un avión se caiga, pero tal incidente no pone en cuestión la teoría física sino la calidad técnica de ese avión en ese momento.

¿Cuá es la razón entonces de que a veces fracasen los pronósticos electorales (como ha ocurrido, por ejemplo, recientemente, en Bolivia, en Costa Rica e Italia)?

Hay dos causas principales del mal resultado: en ocasiones, la técnica de muestreo no se aplica con rigor, sea por razones de premura o de reducción de costos (en las encuestas, como en tantos órdenes de la vida, rige el principio de que la calidad cuesta más); otras veces, la causa es que el electorado es en extremo volátil y pasa por varios estadios hasta el último momento. De ahí la importancia de que los responsables de las encuestas pudieran siempre advertir sobre las limitaciones que encontraron en cada caso, y registrar esa volatilidad de los votantes e informar sobre ella. Lamentablemente, casi nunca lo hacen.

Con todo, dejemos algo en claro: la proporción de fracaso de los pronósticos electorales es menor que la de los pronósticos meteorológicos. En los últimos años, el examen de todas las encuestas seria publicadas en vísperas de elecciones revela un cuadro bastante alentador; pero el ruido que se genera ante algún fracaso puntual desdibuja ese cuadro.

Otro tema no menos importante es que, ciertas o no, las encuestas parecen constituir una amenaza a la transparencia de los procesos electorales. El supuesto es que los votantes pueden sentirse fuertemente influidos por ellas en detrimento de su libertad de criterio para juzgar las propuestas de los candidatos. Por consiguiente, en muchas partes hay quienes demandan regulaciones estrictas de la difusión de encuestas.

Las regulaciones pueden ser de dos tipos: auditorías públicas metodológicas y restricciones a la difusión pública de las encuestas. Toda la evidencia disponible hasta ahora conduce a una sola conclusión: el remedio es siempre peor que la enfermedad. Ningún ente burocrático controla mejor la calidad de una actividad profesional que la misma comunidad de profesionales. Sin embargo, en esta línea de pensamiento, hay algo que puede hacerse.

De hecho, nosotros mismos hemos sugerido en diferentes foros y oportunidades que la información de todas las encuestas publicadas se deposite en soporte magnético en alguna fuente confiable autónoma: la Justicia electoral, si es confiable, o alguna ONG o una organización de escribanos, entre otras. Eso echaría un manto de confianza sobre la credibilidad de la información; en caso del fracaso del pronóstico, será más fácil averiguar que lo causó.

Difusión e impacto

Con respecto a las restricciones de la difusión de encuestas, en casi todas partes rige la veda de dos días previos a la elección, pero en algunos países la prohibición se extiende a períodos más largos. El efecto es absolutamente nulo.

En la sociedad de la información, en la que vivimos, con el uso extendido de Internet, con flujos de comunicación que operan en tiempo real en todo el mundo, es virtualmente imposible lograr que una información no circule. Por otra parte, siempre hemos sostenido que restringir la circulación pública de las encuestas, pero no la privada, es en esencia un acto antidemocrático: permite a los dirigentes disponer de información acerca del público y tomar decisiones, mientras el público es condenado a la ignorancia sobre lo que sin duda le concierne.

Después de todo, ¿cuál es el daño que provocan las encuestas en un proceso electoral? La campaña electoral es un proceso de comunicación donde, vale decir, comunican los candidatos y los partidos, los medios de prensa, los analistas y los comentaristas políticos, como también, a veces, lo hacen algunas organizaciones sectoriales (empresariales, sindicales, religiosas) la publicidad de las campañas y las encuestas. Nadie ha demostrado que las encuestas tengan más influencia que cualquiera de las otras fuentes; mucho menos que su influencia sea más perniciosa. Aun admitiendo que a veces la información de las encuestas puede no ser fidedigna, con frecuencia el público atribuya mucho menos credibilidad a los candidatos, a la prensa y demás, y no por ello se busca limitar la difusión de esos mensajes.

No hace mucho, el consultor mejicano Roy Campos expuso los resultados de su estudio sobre la influencia de las encuestas electores en el voto: se concluyó que el efecto de las encuestas en la decisión del voto de los ciudadanos es imperceptible.

Debemos pensar, por lo tanto, que las encuestas son útiles para algunos votantes, lo más atentos o informados sobre el curso de una elección, sin que ello pueda extraerse que todos hacen uso de las encuestas de la misma manera (por ejemplo, volcandose a favor del candidato que esté más arriba, que es lo que más a menudo se piensa que ocurre). Para la mayoría, sin embargo, las encuestas son más inocuas que la publicidad televisiva, que la opinión de algunos lideres o de los mismos candidatos.

Según Robert Worcester, especialista inglés, el supuesto de que los discursos de los candidatos influyen en los votantes es quizá una ilusión; no hay duda de que las encuestas influyen aún menos en la decisión de voto de cada ciudadano.

Texto de Rafael Obregon

Usos y abusos de las encuestas de opinión pública:

Un análisis cualitativo de la campaña presidencial de 1998

Rafael Obregón*

Cada noche, de lunes a jueves, a través del programa ‘La noche’ de RCN, miles de colombianos son testigos del análisis que políticos, dirigentes sindicales, legisladores, y funcionarios del gobierno, entre otros, hacen de los numerosos problemas del país. Sin embargo, los televidentes no se quedan solo con las regularmente inconclusas ideas de los participantes, sino con el resultado de un sondeo telefónico de opinión acerca del tema del día, cuya presentación, al final del programa, deja en el ambiente la sensación de que tal resultado es precisamente el fiel reflejo de la opinión de los colombianos acerca del tema en mención.


La descripción anterior es, simplemente, un ejemplo del manejo que, con frecuencia, se da a las encuestas de opinión pública, herramienta que se ha convertido en el termómetro por excelencia del periodismo nacional, para determinar qué piensan los colombianos acerca de ciertos temas de interés general. A pesar de que las encuestas de opinión pública, en la actualidad, forman parte de la rutina periodística y de la cotidianidad nacional, su máxima utilización tiende a alcanzarse durante las elecciones presidenciales, periodo en el que no solo registran mayor atención sino en el que se generan mayores críticas al uso de las mismas.


Tradicionalmente, los cuestionamientos que se le hacen a las encuestas apuntan a elementos relacionados con su estructura y preparación. Esto incluye interrogantes acerca de «la toma de la muestra, la elaboración de la encuesta, la aplicación de la misma, la preparación del entrevistador, la supervisión del trabajo de campo, la validez de las preguntas, las reservas y renuencias del entrevistado, el análisis de la observación y la utilización que el contratante haga de la investigación» (Concha: 1994)*. Sin embargo, una pregunta rara vez planteada en este tipo de análisis es ¿cuánto saben los colombianos acerca de los temas sobre los cuáles son interrogados? Un segundo cuestionamiento igualmente importante apunta a conocer cómo los medios de comunicación manejan y presentan los resultados de las encuestas de opinión pública a sus respectivas audiencias. ¿Cuál es la interpretación que la prensa escrita entrega al lector a partir de los resultados de las encuestas de opinión pública?


Utilizando conceptos teóricos como la construcción de la agenda social** (McCombs) y framing*** (Iyengar) este trabajo pretende establecer: 1) cómo se planteó el debate electoral a partir de la presentación e interpretación de los resultados de las encuestas de opinión pública manejadas por El Heraldo y El Tiempo, dos de los diarios más importantes del país y 2) si la estructura de las encuestas de opinión pública llevadas a cabo en esta campaña contribuyó a que la potencial selección de un candidato por parte de los electores se hiciera basada en la evaluación de las propuestas del gobierno.


Medios, democracia y opinión pública


Es incuestionable que los procesos democráticos del siglo XX están cada vez más ligados al funcionamiento de los medios de comunicación. Por intermedio de la televisión, la radio y la prensa (y en algunos contextos, Internet) los ciudadanos de una nación, presumiblemente, se familiarizan con las diferentes dimensiones de un determinado proceso político y electoral, y eventualmente toman una decisión política de gran trascendencia (voto/abstención) para ellos y sus conciudadanos. En medio de estas dinámicas democráticas las encuestas de opinión pública surgen como una de las herramientas esenciales para conocer y medir dicha opinión y eventualmente determinar el resultado de una elección.

El concepto de opinión pública es tan antiguo como la historia misma de la civilización griega (Kennamer, 1994). Formulaciones con un carácter político son encontradas en Habermas a través de su concepto de esfera pública. Habermas define esfera pública como el campo de la vida social donde el intercambio de información y puntos de vista acerca de temas de interés común puede tener lugar de tal forma que conlleve a la formación de opinión pública. La esfera pública tiene lugar cuando los ciudadanos, ejercitando sus derechos de asamblea y asociación, se reúnen como cuerpos públicos a discutir las ideas del día, especialmente aquellas de carácter político. Como elemento central a esta noción de esfera pública, Habermas ve el discurso racional y crítico como la única opción para generar verdadera opinión pública que de alguna manera afecte las políticas de gobierno y el desarrollo de una sociedad como tal.


De otro lado, apoyándose en Tarde (1901), Katz (1996) ‘populariza’ el concepto de esfera pública al plantear que a diferencia de la concepción siempre racional y critica habermasiana, todo ciudadano tiene la posibilidad de convertirse en participante y constructor de esa esfera pública y por consiguiente de la opinión pública de una comunidad. A diferencia de Habermas, Tarde y Katz visualizan la construcción de esfera pública como un ejercicio en el que confluyen ciudadanos y mensajes sin distingo intelectual en el que lo político se mezcla con lo trivial y viceversa, sin perder la trascendencia política.

Debido a las características de la sociedad moderna tales asociaciones no son físicamente posibles y por ello los medios masivos de comunicación se han convertido en los agentes mediadores y, hasta cierto punto, constructores de la esfera y opinión pública. Como bien lo plantea Elsa Alvarado «la comunicación masiva en proceso de expansión constante durante este siglo ha generado la transformación sustancial y la ampliación ilimitada de la opinión pública. A través de [los medios] los individuos obtienen información sobre su entorno social y evalúan el clima de opinión sobre los temas de interés público» (1996; 74).


Independientemente de nuestra concepción del término opinión pública, los medios de comunicación se han convertido en las fuentes esenciales de información y seguimiento de la opinión pública durante varias décadas. Cohen (1963) ya había planteado que los medios constituyen la herramienta central que acerca a los diferentes estamentos y elementos del sistema político. Mas recientemente, con un argumento que recoge las grandes transformaciones del concepto de esfera pública a partir del desarrollo tecnológico de los medios, Dominick (1990) ha planteado que los medios tienden a acercar a individuos, grupos e instituciones que de otra manera no podrían interactuar de ninguna forma.

Teóricamente, el papel de los medios masivos de comunicación apunta hacia la construcción de una democracia participativa, o al menos hacia la construcción de procesos que tengan como meta la participación efectiva de los ciudadanos en la construcción de una sociedad democrática. Sin embargo, la realidad no parece ser tan absolutista en términos de la función que ejerce cada medio. Los medios pueden contribuir en diferentes formas a la discusión de los problemas más esenciales de una sociedad. Los medios proveen un inventario de los aspectos sociales, políticos y económicos clave de una campaña electoral; plantean los temas centrales de la agenda; estimulan la conversación política y por consiguiente generan opinión, y, ejercen influencia y control en nombre de los ciudadanos, lo que implica que en un proceso democrático y participativo se requiere de ciudadanos ampliamente informados.


En los últimos quince años se ha evidenciado un inusitado incremento en el uso de las encuestas de opinión pública en Colombia (Concha, 1994). Las razones pueden ser diversas. Sin embargo, basta decir que en un primer plano el uso de las encuestas de opinión pública responde a una necesidad innegable en el escenario democrático de establecer las preferencias de voto o intenciones de voto de una comunidad, y alertar a los participantes (candidatos) acerca de su ubicación en el proceso electoral con el fin de tomar los correctivos necesarios. Como lo plantea Kennamer «el acto de votar es el hecho más concreto y visible de la opinión pública» (1994; 2) y a través del voto, el sistema democrático de cualquier país intenta legitimar a aquellas personas que tendrán a su cargo los destinos de una comunidad.

Ya se ha dicho que en este proceso de participación democrática los medios de comunicación juegan un papel fundamental. A pesar de las reservas que posiblemente existen acerca de determinados efectos que los medios de comunicación pueden tener sobre las audiencias, es difícil imaginar una campaña política en la que los candidatos o aspirantes a una corporación pública no le otorguen un valor incalculable al cubrimiento y tratamiento de los medios de comunicación hacia esa campana. Elsa Alvarado (1996; 74) anota que debido a la expansión y protagonismo de los medios en la parte final del siglo XX [los medios] ciertamente inciden en las percepciones de los individuos y «cumplen una función como potenciadores y canalizadores de la opinión pública».


Agenda social, framing y las encuestas de opinión pública


Diferentes conceptos teóricos han sido utilizados para explicar el papel de los medios en la formación de la opinión pública. El concepto de agenda social, originalmente introducido por Cohen, y posteriormente desarrollado y estructurado por McCombs plantea en forma simple que los medios nos indican sobre qué temas debemos pensar, más no cómo debemos pensar acerca de un hecho particular. En otras palabras, al seleccionar un tema determinado y darle cubrimiento periodístico, los medios nos sugieren considerar ese tema e incorporarlo a nuestra agenda. Sin embargo, acogiéndose quizá a los cánones de ‘objetividad’ del ejercicio periodístico, los medios aparentemente no se atreven a decirnos cómo debemos pensar acerca de ese fenómeno o hecho noticioso.

Planteado en estos términos, las encuestas de opinión pública constituyen un elemento más en ese proceso inadvertido de construcción de la agenda social que los medios desarrollan día a día. No obstante, en épocas recientes el concepto de agenda social ha sido extendido en forma diversa. Una de esas extensiones o refinamientos del concepto de agenda social es que la función social de los medios noticiosos no se limita únicamente a colocar determinados temas en la agenda mediática y pública sino que a través de la presentación en términos periodísticos direcciona una forma específica de visualizar el mensaje, aspecto conocido con el término framing (encuadre) propuesto por Iyengar (1994)*.


Mientras en muchos países las encuestas de opinión tienen una larga historia, en Colombia el uso de las encuestas de opinión pública es joven, sin embargo ha irrumpido con mucha fuerza en los últimos años (Concha, 1994). En las más recientes campañas políticas, cada medio de comunicación influyente contrata con agencias especializadas el desarrollo de encuestas de opinión pública y en muchos casos establece convenios que incluyen la participación de una empresa de cada medio (radio, TV, prensa). Numerosas investigaciones apuntan a la caracterización de la televisión como el medio que más ha reducido la contribución potencial de los medios a los procesos democráticos a través de la reducción de la enunciación política (Stuckey, 1991), a través del énfasis otorgado al cubrimiento de las estrategias de comunicación por encima de los temas de interés público (Jamieson, 1992; 1995), y probablemente a través del excesivo énfasis en la evaluación comunicativa antes que en la evaluación de propuestas de gobierno, elemento muy común en los debates televisivos.

Contrario a la TV, la prensa escrita continúa siendo el medio al que se le atribuyen mayores posibilidades de formación de una opinión pública bien informada y, tal vez, más comprometido con la presentación contextualizada de información. Información que provea mayores elementos de juicio a la hora de tomar determinaciones y decisiones políticas y electorales tan trascendentales como la elección de un primer mandatario. Este análisis constituye una primera aproximación a este fenómeno que seguramente seguirá jugando un papel fundamental en futuras elecciones en el país.


Esta trabajo analiza el tratamiento otorgado a las encuestas de opinión pública por parte de los diarios El Tiempo y El Heraldo* durante el periodo abril-mayo de 1998 que conllevó a la elección de Andrés Pastrana Arango como nuevo presidente de los colombianos. Además del tratamiento de los resultados de las encuestas, cuyo número es limitado, se incluyeron en este análisis cualitativo, notas en las que los resultados de las encuestas de opinión pública sirvieron como referencia clave para la discusión del proceso y así establecer las tendencias presentes en tal tratamiento a la luz de los conceptos teóricos discutidos anteriormente.


Las encuestas de opinión en el debate electoral: asunto de ganadores y perdedores


El análisis del cubrimiento de prensa del debate electoral a partir de las encuestas de opinión pública evidenció una tendencia en ambos diarios a la presentación de los resultados desde una perspectiva de ganadores y perdedores. En este sentido, el encuadre que se hizo de las encuestas enfatizó la presentación de los resultados de una competencia en la que lo más importante para el público, a juzgar por la presentación, era quien ganaba y quien perdía y no el análisis y la validez de las propuestas presentadas por los candidatos. Por ejemplo, en el reporte de la encuesta del 26 de abril (p. 1A) El Tiempo* señala:

Pastrana Adelante: Intención de voto en segunda vuelta. Sea en primera o en segunda vuelta, si las elecciones fuesen hoy, Andrés Pastrana le ganaría a Horacio Serpa por nueve puntos. ¿Qué explica la significativa diferencia? Buena parte del incremento de Andrés Pastrana de marzo a hoy se debe a un impresionante repunte en la Costa, quizá motivado por la escogencia de su fórmula vicepresidencial, el barranquillero Gustavo Bell.



* Comunicador Social-Periodista. Magister en Desarrollo Social de Ohio University; candidato a Doctor en Comunicación Masiva, Pennsylvania State University. Profesor/Investigador del Programa de Comunicación Social de la Universidad del Norte, Barranquilla.

* Una discusión más amplia también se encuentra en Lemert, James. En: D.J. Kennamer: 1994

** Otros autores denominan este término, agenda-setting, como el efecto agenda (por ejemplo, Elsa Alvarado en “La paz en la espiral del silencio”, En: Signo y Pensamiento, No. 29, 1996, p. 73-82).

*** Se utilizará el término framing (denominación original en inglés) debido a que no existe una traducción oficial del término en la literatura especializada en investigación en comunicación.

* Una descripción detallada de diversas investigaciones y experimentos que demuestran la existencia del efecto framing en temas como pobreza, desempleo y equidad se encuentra en Iyengar, Shanto. Is Anyone Responsible? How Televisión Frames Political Issues, 1994, The University of Chicago Press, Chicago: IL..

* El Tiempo es el diario de mayor circulación en el país, mientras que El Heraldo es el de mayor circulación en la Costa Caribe.

* El Tiempo inicialmente realizó una encuesta tradicional con RCN y el Noticiero de las Siete. Posteriormente, contrató un panel de opinión pública con la firma Napoleón Franco y Cia.