miércoles, 22 de agosto de 2007

Campañas, encuestas y debates: ¿Es el ciudadano, hoy en día, libre elector?

5. Campañas y debates: lenguajes, mensajes y moralidad ciudadana

El lenguaje es el medio de comunicación más importante del que disponemos los seres humanos. Así, el lenguaje nos identifica y nos permite tender puentes entre nuestras ideas y los interlocutores; y estas ideas son la esencia de la comunicación.

El lenguaje de nuestra comunicación es verbal, corporal y escrito; y más aún en estos tres tipos campea el lenguaje no verbal, el no dicho, pero tan efectivo como que puede develar realmente nuestras intenciones. Hablamos pues, de un metalenguaje que penetra en la moral pública; la colectiva y la individual de los sujetos. Y es este tipo de lenguaje, el no explícito, el que empuja las ideas principales en las campañas que venden un producto (el candidato o el gobernante); y es tan delicado, sensible y celoso que cuando se sale de control por causa de un manejo torpe (maladroit) resulta difícil reencauzarlo pronto porque en su descarrilamiento puede chocar con los pilares de la moral pública y entonces, es rechazado con efectos de boomerang hacia su punto de origen. Por lo tanto, siempre es recomendable tener visiones objetivas, evaluadoras, cuasifiscalizadoras, de los efectos sociales y culturales de los mensajes enviados al interlocutor; calculando impactos positivos y negativos de las expresiones verbales y escritas; corrigiendo, de inmediato, tendencias negativas probables, en un escenario posiblemente desfavorable. Así que, no basta saber de política y de cultura de partidos o de mercadotecnia para dirigir y controlar una campaña política; se requiere, además, de saberes sobre las masas, el inconsciente colectivo, la historia de los pueblos, y de investigación y planificación prospectiva.

Por lo que, el director de campaña ha de ser un sujeto observador analítico, inteligente y sensible para captar los límites de la moral pública y las coyunturas que admiten empujar fuerte, hablar firme y convencer al elector para que elija el producto (candidato); para que dé el ansiado "sí".

6. Combates y debates: imágenes e ideas

En el marco del diseño de una política institucional o más específicamente, en el de una campaña política, el debate es una estrategia aparte; es decir, se hace uso de él o no en función de su utilidad, porque necesariamente se trata de una confrontación, en vivo, de dos o más sujetos que defienden ideas, que aunque distintas, suelen tener la misma meta: venderle el producto que ponderan y defienden, a ese comprador potencial, imaginario, llamado ciudadano.

Un debate político, anunciado por todos los medios posibles, genera en el elector diversas imágenes; la primera, situando al debatiente esgrimiendo sesudos argumentos que le espeta en su cara al oponente; y éste, como buen interlocutor, piensa rápido y revira tremendos conceptos que intentan derrumbar al oponente de ocasión; se trata pues de un combate entre el "campeón" y el retador (challenger); o simplemente de un leve intercambio de golpes entre el primero y sus sparrings, como entrenándose para la gran batalla, que se reserva para el mítico séptimo round o para la decisión del décimo asalto. Y según sea la estrategia del campeón y su equipo de asesores (manager incluido) le apostará a poner knock-out en el séptimo al retador principal o llevarlo hasta la decisión final de los jueces (los ciudadanos que votan el día de la jornada electoral).

¡Ah!, pero todo campeón que se respete, es soberbio y solo le dará oportunidad de pelear la final con él, al que haya vencido a los otros aspirantes, durante el largo y desgastante proceso eliminatorio. Y el campeón, que lo es de verdad, sabe que así son las reglas del juego; y no ignora que quizás ese challenger que disputará la final con él, viene mejor entrenado, con mentalidad ganadora, curtido ya por los golpes y con el orgullo bien puesto, pues ha dejado en el camino a otros aspirantes; así que el campeón puede perder y el retador tiene todo por ganar, porque toda su presión se ha venido dosificando y desvaneciendo en el camino hacia el debate final. En tales circunstancias, el campeón avizora (o debe vislumbrar) en su horizonte, un escenario de derrota; pero más allá del dolor físico que le pueda causar este hecho, le dolerá más su orgullo mancillado, pisoteado por ese retador surgido del montón, surgido de otro barrio, menos bravo que el suyo.

7. Imágenes y símbolos: presencias y ausencias

Los símbolos forman parte del inconsciente colectivo; forman parte de la cultura de los pueblos. El símbolo, es una representación mental, virtual, que los sujetos poseen como parte de su propio ser. Así, por ejemplo, encontramos más o menos presentes, en la mayoría de los sujetos de un grupo social y cultural, el símbolo de la madre protectora y amorosa; el de la patria que nos da un lugar en el mundo y en la historia, una tierra y una casa; el de Dios, que recoge nuestras aspiraciones de creer en algo y de salvarnos; el de la familia como la célula integradora más importante de la sociedad; el de el matrimonio como la convención que asegura la procreación y desarrollo de una familia; y por supuesto el de el padre como representativo de autoridad y de poder.

En el mismo sentido, encontramos imágenes asociadas a símbolos, tales como: la del presidente o gobernante que representa la seguridad social, el poder y la justicia; y por supuesto, tenemos también la imagen del candidato, del diputado, del presidente municipal, del maestro rural, del cura del pueblo, del valentón, del borrachín, del loco, del poeta y del músico, entre muchas otras. Sin embargo, la esencia del símbolo, rodeado de imágenes, consiste en generar, con su presencia o ausencia, información y mensajes paradójicos; como el del púlpito en un templo, que aún estando vacío, al verle así, nuestra estructura mental y memoria histórica nos lo dibujan y representan con todo y cura predicando; y lo mismo sucede con una plaza de toros vacía o con un cuadrilátero en medio de una arena de box o de lucha libre; siempre, nuestra estructura mental, reconstruirá imágenes asociadas con su complemento: los toros, los toreros o los gladiadores, como sea el caso. Y así mismo se construyen imágenes asociadas (cuasiconvicciones) a símbolos como el de inspector, policía, cacique o periodista; lo cual se ilustra con gran finura e inteligencia en películas formidables como Caltzontzin Inspector, de Alfonso Arau; o La Ley de Herodes, de Luís Estrada, magistralmente actuada por el michoacano Damián Alcázar, donde los símbolos mencionados arriba aparecen en nuestra estructura mental; surgen de su propia ausencia y de su implicitud.

Existen dos símbolos, que en cuestión de política son muy importantes: la banda y la silla presidencial; pero más lo es la silla, a la que, quien la deja, añora volver a ella; y quien la desea, añora verse sentado allí. Por lo tanto, una silla vacía, como única imagen simbólica, habla de ausencia en primer término, pero también genera imágenes mentales de presencia; de una presencia deseada, fervientemente añorada. Así pues, una silla vacía donde hay otras sillas (con sus personajes sentados dentro), es altamente notoria; genera especulaciones, imágenes y cuestionamientos; ¿Por qué está vacía la silla? ¿Está así, acaso, por que su ocupante no quiere estar ahí o por que no lo invitaron a sentarse? O quizá porque, jugando con el símbolo, pretendemos no estar, precisamente, para estar; o quizá porque no queriendo asistir, no queremos estar como mudos espectadores en los diálogos sociales, por falta de pericia; en las contiendas políticas o en el intercambio de ideas o de propuestas. Si es cuestión de estrategia, lo valgo; pero si no es así, recomendaría revisar los símbolos, los mensajes, los lenguajes y las imágenes que pretendemos enviarle al ciudadano, para lograr lo que verdaderamente pretendemos de él; que adquiera nuestro producto; que nos dé el "sí".

8. Mitos y cortejos: del elector y el elegido

Cada candidato en campaña elige conceptos básicos y un lenguaje para comunicarse con la ciudadanía, como ya lo señalamos arriba; un lenguaje corporal, verbal o escrito; e inicia generalmente de dos maneras; o informando sobre sus adversarios o atacándolos; ofreciéndose como víctima o como victimario; como redentor de causas sociales o como inquisidor de los actuales gobernantes; e incluso, vendiendo su mejor imagen: su sonrisa, su honestidad, su carácter conciliador o su experiencia. Y no debemos olvidar que en toda campaña (comercial o política) se da un proceso de conquista y de cortejo. Así, el vendedor o el candidato cortejan al ciudadano para "arrancarle el sí" de su voto (su producto); pero a diferencia del vendedor y del comprador, a quienes les importa un "sí" lo más pronto posible, al candidato solo le importa el "sí" de la jornada electoral; el candidato, paradójicamente a su propensión, no vive ni se conforma de promesas; pues para prometer bien y bonito él se pinta sólo.

Al candidato lo que verdaderamente le importa es la certeza del "sí en tiempo y forma" el día de la jornada electoral y cruzando el logotipo de su partido. Ni otro tiempo, ni otra forma valen; por eso es que todo candidato quiere asegurar el voto del ciudadano "desde antes"; pero eso hoy es prácticamente imposible. Así que un primer mito consiste en suponer que la elección se gana en las encuestas y en los debates; Y no es así, se gana el día de la jornada electoral.

Un segundo mito, bastante arraigado en nuestra cultura política y en cuya trampa caen frecuentemente los políticos, consiste en equiparar popularidad con eficacia y profesionalismo para ser un buen gobernante; y no es así, pues no basta ser popular, una buena persona o un buen orador para conducir un gobierno; pues a la hora de enfrentar y resolver los problemas de los ciudadanos, de todos los orígenes e ideologías, se requieren competencias profesionales, oficio político y disciplina organizativa. De hecho, cuando se trata de elegir, el razonamiento del voto de los ciudadanos rompe metodológicamente este mito, pues no siempre el más popular gana; máxime cuando se trata de popularidades negativas o mesiánicas; gana quien obtuvo la mayor cantidad de votos, así sea uno sólo la diferencia.

Al final de cuentas, gana el candidato que logró mover la sensibilidad y la confianza del elector; pues el ciudadano no solo elige poder; elige emancipación, justicia, moralidad, esperanza, seguridad, progreso, honestidad y congruencia, entre muchos otros valores; y si bien no todos se conjugan en la personalidad de un candidato, el "ciudadano de a pie", no el militante, busca en la imagen, en la expresión y en la postura del candidato, los atributos para confiarle su voz (su voto). Y siendo el elector, un ciudadano harto e insatisfecho con los gobernantes de su referencia política, es altamente probable que no le dé su voto a un candidato de esa marca electoral; y peor aún, siendo el elector un ciudadano decepcionado de los gobernantes que ha elegido, de diversos partidos, en otras elecciones, su intención de votar tiende a inhibirse; tiende al abstencionismo y a refugiarse en el ostracismo electoral.

Dr. Antonio Alanís Huerta

1 comentario:

Stratego dijo...

Aquí os dejo abrir un libro muy útil para que lo miréis, se llama El Gran Juego, de C. Martín Pérez.

Se trata de un libro de estrategia, ya sea política, militar o de marketing, pues inclusive en la actualidad se dice que emplea en las carreras de empresariales o derecho. Con lo que veas se puede practicar mucho sobre estrategias, autocontrol, PNL, lenguaje verbal y corporal, liderazgo, seducción, manipulación, persuasión y lucha por el poder.

Saludos.

http://www.personal.able.es/cm.perez/Extracto_de_EL_GRAN_JUEGO.pdf