jueves, 23 de agosto de 2007

LA MEDIATIZACION DE LA POLÍTICA

Carlos Tutivén Román

Los artículos reunidos en el dossier del número 16 de la revista Íconos titulado “La mediatización de la política”, son trabajos que abordan este fenómeno preocupante y a la vez fascinante: cómo la política, en tanto discurso y praxis de transformación, administración y control social, serio e importante para la realización de los mas altos valores de la modernidad ilustrada, ha devenido lívida, fugaz, poco seria, y a ratos entretenida e irresponsable como las dramaturgias tele novelescas.

De cómo la política no va más en esos términos tradicionales y de cómo recuperar su alicaída aura (gestada desde Aristóteles a Habermas) sin perderse en el océano informal e informativo de los universos mediáticos, responsables, entre otras cosas, de la “a politicidad” reinante, trata el dossier que comentaremos.

Los trabajos pueden dividirse a grosso modo en dos tipos. Los que tratan casos específicosdentro de los marcos nacionales tenemos el artículo de Cañizales (Venezuela), de Gabriela Córdova (Ecuador), Roberto Follari (Argentina) y el de Fabio López De la Roche (Colombia). Y el que aborda la temática de la pospolítica, -tal vez porque hace las veces de introducción al dossier -, que es el de Mauro Cerbino. En estos comentarios procederé a la inversa de este orden, comentando primero los “casos nacionales” que evidencian esta mediatización y particularmente los que me son mas cercanos por sus respectivas interpretaciones, y dejaré para el final aquel de la introducción por ser mas especulativo y general como las conclusiones a las que deseo arribar.

A modo general lo primero que llama mi atención de los trabajos de casos es el “fondo geográfico” en el que se producen: Latinoamérica. Se trata de democracias frágiles y periféricas, que a la vez que sufren las penurias de los modernismos de corte neoliberal, están plenamente globalizadas en términos mediáticos, audiovisuales e informáticos. Son sociedades caracterizadas por una conflictividad variada, - el caso colombiano es el más extremo- , y de un consumismo asfixiante que conjuga con una fragmentación social ajetreada por poderes locales y regionales que hacen difícil la gobernabilidad y la sustentabilidad económica. Es en esta panorámica donde sitúo el fenómeno de la mediatización de la política, no sólo como un ingrediente más de esta “caracterología sociológica”, sino como un dispositivo hegemónico presente en la constitución del imaginario político de estos países.

No creo encontrar diferencias entre los autores del dossier en la apreciación de que la televisión es “el medio y el escenario hegemónico en la construcción de la visibilidad comunicativa masiva”. Al igual que el comunicólogo Jesús Martín Barbero, que no escribe en este dossier pero que traigo a relación como un autor polémico que ha discutido estos mismos fenómenos, se piensa que la televisión se ha vuelto el espacio privilegiado donde las colectividades identifican sus necesidades de representación y legitimación de sus intereses. Pero difieren a la hora de interpretar esta hegemonía. Mientras Follari, por ejemplo, acusa a la televisión de banalizar la política en tanto fija la agenda de lo que se habla en un formato de velocidad impresionista, donde la caducidad es la norma y donde lo interesante prima sobre lo importante, estropeándose, por lo tanto, la calidad del “lo político”, Martín Barbero sostiene, en cambio, que la televisión crea una trama compleja de complicidades y resistencias que no se dejan leer por fuera del fenómeno de la recepción misma del medio, ni apelando al libro o al texto periodístico como antídoto (Follari le
da a la prensa el carácter de construcción de la opinión deliberante).


Para Martín Barbero hay que desprenderse “del mal de ojo de los intelectuales” apocalípticos que no han sabido ver lo que se juega en las “gramáticas audiovisuales”, es decir la emergencia de un nuevo sensorium que a la vez que se fascina por la imagen, paradójicamente recrea nuevos sentidos, destrezas y aprendizajes, propios de las nuevas tecnologías, el cambio de época y de subjetividad. En este punto Follari es mas clásico y conservador.

Prefiere el texto escrito y la escucha pausada que ofrece la radio, al vértigo de las imágenes televisivas, pues confía, como buen filósofo, en la temporalidad del pensar y discutir propio de las lógicas del silogismo y de la argumentación racional.

Pero Follari está hablando de la televisión argentina, de una televisión que ha exacerbado la carnavalización del formato televisivo: “show continuo, ruido interminable, alegría y tragedias forzadas para llamar la atención”, pura forma que se agota en el gesto histriónico (Tinelli es el paradigma) que ha empobrecido la experiencia receptiva en la medida en que solo ve la escenificación de un espectáculo que busca el rating a toda costa.

Follari en su trabajo nos da una respuesta a la pregunta ¿por qué los temas importantes y serios, o que deberían serlo para los ciudadanos, ya no lo son? Tal vez porque el mismo show a cansado al televidente al presentar el accionar político como escándalo, intrigas, corrupción y no como problema social, responsabilidad ciudadana. Porque el televidente sometido a la excitación audiovisual de sus sentidos queda impresionado al mismo tiempo que extenuado al informarse de los sucesos.

El espectáculo televisivo (Requena) se fagocita a sí mismo, dejando un resto del lado del espectador, un resto de ignorancia sobre el mismo proceso de recepción, que no da tiempo para asimilar el sentido o sin sentido de los mensajes, un resto de silencio y hastío, propio de las drogas y de las adicciones evasivas. Pero hay que advertir que esto no es propio de la imagen sino de su uso consumista y su producción excitante.

De cómo los medios generan las imágenes, no para comunicar y comprender, sino para informar y consumir exclusivas, es la pregunta que impone una reflexión teórica a los comunicadores en un mundo que duerme en un paraíso-infierno de audiovisuales en tiempo que justamente necesitan despertar.

La alusión a la trama de la película The Matrix es una sospechosa coincidencia. Fabio López De la Roche trata el problema de cómo comunicar en contextos de conflicto armado, refiriéndose obviamente al caso colombiano. En las observaciones detalladas del conocido investigador sobre la conducta social y profesional de los medios, es la prensa la que trata el conflicto con análisis y perspectivas históricas y estructurales, mientras la televisión resalta más el efectismo espectacular de los “hechos noticiables”, como el bombaso, los secuestros, las masacres.

Según De la Roche, el abordaje televisivo del proceso de negociación -proceso por lo demás complejo-, fue mínimo, probablemente -sostiene- porque esto requería mas capacidad de interpretación, mas tiempo de presencia televisiva en la construcción de esos mensajes, y el tema mismo es menos espectacular e inmediato que las otras noticias, “invisibilizando lo importante” - mas conceptual y meditado-, y “resaltando lo interesante”, cuando lo interesante es sinónimo de curiosidad y atención impresionada, intensa y fugaz, como un shot de tequila.

Si la televisión trata así las realidades de la guerra civil colombiana es porque se halla secuestrada por los imperativos del marketing, el rating y la publicidad, fuerzas económicas, pero también estéticas, que impiden un desarrollo diferente del medio y de su trabajo periodístico. Es muy importante el llamado de atención que nos hace De la Roche sobre la forma en que se crean los hechos noticiables en la televisión colombiana, incluso mas allá del tema de la guerra. Se construyen bajo la lógica y la gramática de la fragmentación, la inconexión entre las partes, y la velocidad, privilegiando los sucesos dramáticos sobre los explicativos y analíticos.

Volvemos a encontrar los mismos ingredientes de la sopa mediática de la político. Imperativos comerciales y de mercado, estéticas y formatos publicitarios, impresionismo sicologísta y espectacularidad informativa, combinados con la velocidad de las ediciones noticiosas, la fragmentación del relato o narrativa audiovisual, la carencia de tiempo para la interpretación, incapacidad, por lo tanto, para el análisis conceptual y el juicio ponderado
y responsable.


Pero a parte de este condicionamiento posmoderno para el trabajo noticioso, De la Roche sostiene que es casi imposible sostener alguna ecuanimidad y equilibrio en el tratamiento noticioso del conflicto armado, en la medida en que ese tratamiento está atravesado de punta a punta por un apasionamiento visceral de la partes generado a través de vivencias traumáticas que el mismo conflicto genera en todos. Por ello, tanto la producción de la información como su recepción social esta mediados por estos sentimientos de antagonismo irridentos, pues los procesos comunicativos, según de la Roche, tiene su base y se alimenta en la cultura política de los actores sociales involucrados (sobre el concepto de cultura política remitirse a Íconos 15).

Esto nos lleva a reflexionar que la comunicación no es posible solamente por la mera buena voluntad de los sujetos, y la accesibilidad tecnológica, sino que los significados y posiciones subjetivas se forjan en una pragmática de significaciones que a su vez anclan en concretas condiciones materiales y culturales que dificultan la confianza necesaria para el entendimiento recíproco, como son la segregación racial, la exclusión social, la violencia simbólica. La argumentación De la Roche nos debe interrogar sobre la relación entre comunicación y contextos de confianza. La comunicación es posible a partir de mínimos de confianza intersubjetiva, mínimos éticos que se levantan sobre la viscosa heterogeneidad de las diferencias sociales, políticas y culturales, y se construyen a partir de indicios y experiencias compartidas sobre el otro. Una comunicación en contextos de alta conflictividad, intolerancias recíprocas y desconfianzas viscerales, no es una comunicación en estrictus sensus, sino un juego de imposturas en lucha por la hegemonía de la razón propia, de la descalificación de la cosmovisión del otro, en definitiva una batalla de voluntades de poder.


¿Cómo se puede dialogar en un clima donde impera sistemáticamente el desfondamiento de esos mínimos de confianza, cuando paralelamente al gesto de dialogar se boicotea su condición de posibilidad: un espacio para entender al otro por fuera de lo que lo afirma negativamente ante uno?


Otro cúmulo de razones que De la Roche esgrime para explicarse el fracaso de las negociaciones son del orden de las posiciones subjetivas.


El esquematismo mental e ideológico, como la falta de una visión compleja y flexible de la sociedad colombiana, entre otras falencias de la guerrilla, son las que minaron e imposibilitaron la creación de un clima de confianza suficiente para el diálogo, el entendimiento mutuo, y el acuerdo sensato.

Hay que desprenderse "del mal de ojo de los intelectuales" apocalípticos que no han sabido justipreciar las "gramáticas audiovisuales": la emergencia de un nuevo sensorium que fascina por la imagen y recrea nuevos sentidos, destrezas y aprendizajes, propios de las nuevas tecnologías, el cambio de época y de subjetividad.


Fue así – nos dice- como la regidez y tozudez de la guerrilla, acompañadas de verdaderos actos criminales, ahondaron en las elites y en la opinión pública de amplio sectores sociales, un sentimiento de rechazo total, y de escepticismo social frente al esfuerzo del diálogo, y afirmó, en cambio, la imagen convencida que este problema que viene desangrando a Colombia por décadas, sólo se curaría con la “mano dura”, a favor del orden y la autoridad.


Sabemos que la violencia y la agresividad encuentran su mejor caldo de cultivo en las experiencias de impotencia y angustias alimentados a su vez por desentendimientos, oscuridades, y ofuscaciones. La agresividad hacia el otro se ampara históricamente en dos condiciones psíquicas; no querer saber nada de él y así poderlo estigmatizar para mejor poderlo exterminar, y dos, sabiendo del otro dogmáticamente, destruirlo por que ese saber no calza con lo que yo imagino debe ser un ser humano.


Se apela y se demanda “la mano dura”, el autoritarismo despiadado, cuando una sociedad está perdiendo su capacidad de entendimiento de las diferencias socioculturales que la antagonizan estructuralmente, cuando la reflexividad sobre sus posibles tratamientos simbólicos, es decir, comunicacionales, seden al mero “informacionismo mediático”.

El aparente callejón sin salida al que a llegado Colombia, se debe al extremismo de estas posiciones, donde no gana, por supuesto, ni la democracia, ni la plena resolución del problema, pues a parte de que es complejo y amalgamado el fenómeno guerrillero, lo que se consigue es la indiscriminación ciega y bruta a todo matiz, y sutileza que se le oponga críticamente. Matices y sutilezas necesarias para destrabar los bloqueos y las desconfianzas.


Los periodistas y comunicadores sociales, como intelectuales y académicos quedan por lo menos disminuidos e imposibilitados de trabajar a favor de la verdad, de la crítica, de la investigación sobre las instituciones, las prácticas y los actores que hacen o deshacen la democracia.

Así la sociedad no puede auto reflexionar, auto criticarse, discutir su destino por vías diferentes a la muerte y a la destrucción. No sorprende por lo tanto el escepticismo de Fabio López De la Roche sobre este conflicto, avizorando un desenlace inhumano.

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